El crecimiento del turismo en la Antártica, iMPULSADO por viajes de grandes cruceros y expediciones de alto costo, reactivó el debate sobre los límites de la presencia humana en uno de los ecosistemas más frágiles del planeta.
Especialistas de la Universidad de Chile, vinculados al Instituto Milenio BASE, advierten sobre los riesgos ambientales de esta actividad y llaman a reforzar la protección de la biodiversidad como criterio central.
En los últimos años, la oferta turística antártica se ha diversificado, abarcando desde grandes cruceros hasta viajes con desembarcos reiterados. Aunque el continente es extenso, las visitas suelen concentrarse en un número reducido de sitios, lo que incrementa los impactos acumulativos en territorios de recuperación lenta.
Luis Valentín Ferrada, académico de la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile e investigador principal del Instituto Milenio BASE, explica esta situación como una paradoja
La Antártica es gigantesca, pero los lugares más visitados son siempre los mismos. Eso genera presión localizada en zonas especialmente sensibles, sobre todo en la península antártica.
Biodiversidad bajo presión
Desde la ecología, el Dr. Elie Poulin, profesor titular de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Chile y director del Instituto Milenio BASE, identifica dos riesgos principales asociados al turismo: la introducción de especies exóticas (transportadas inadvertidamente en ropa, calzado o equipos) y el daño progresivo que la presencia humana reiterada provoca en la biodiversidad local.
Si la tendencia continúa, advierte, podrían intensificarse las perturbaciones sobre colonias reproductoras de aves y mamíferos marinos, especialmente durante períodos críticos como la reproducción y crianza. A ello se suma un efecto menos visible: la alteración de la microbiota del suelo antártico, fundamental para los ciclos de nutrientes y la recuperación de la vegetación.
El turismo no puede asumirse como una actividad en crecimiento permanente. Se requieren límites estrictos a visitantes y operadores, estándares obligatorios de bioseguridad y una regulación basada en evidencia científica, con la biodiversidad como prioridad.
Planificación y monitoreo a largo plazo
Para Julieta Orlando, académica de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Chile, directora alterna del Instituto Milenio BASE y presidenta de la Sociedad de Microbiología de Chile, compatibilizar turismo, ciencia y conservación exige una planificación robusta y monitoreo continuo.
Es necesario limitar la presión humana en zonas sensibles, mejorar los estándares de bioseguridad y reducir de forma efectiva la huella ambiental de todas las actividades.
Orlando, subraya la importancia de que las decisiones se basen en evidencia científica actualizada, integrando los efectos del cambio climático. Además recuerda que la Antártica cuenta con uno de los marcos de gobernanza internacional más sólidos del planeta, el Sistema del Tratado Antártico. Sin embargo, su efectividad depende del compromiso real de los Estados y de los actores involucrados.
Más allá del turismo: el cambio climático
Si bien el turismo concentra parte del debate, los especialistas coinciden en que la principal amenaza para la Antártica sigue siendo el cambio climático.
El aumento de las temperaturas ya está alterando ecosistemas completos, afectando el hielo, la dinámica oceánica y especies clave como el krill y los pingüinos, con consecuencias en toda la red trófica.
En ese contexto, los investigadores coinciden en que proteger el continente blanco requiere no solo control y regulación local, sino también coherencia global para reducir las emisiones y frenar los procesos que están transformando aceleradamente uno de los ecosistemas más sensibles del mundo.